AMIJYY Kehila Congregacion Jadesh Yameinu Yeshua

carta de un soldado sobreviviente en la guerra de los 6 dias

 

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El Día de Jerusalem – La Corte Celestial

Enciendo una Vela de Conmemoración por los ciento ochenta soldados paracaidistas que dieron sus vidas santificando el nombre de Di-s, en este cuadragésimo segundo año desde su caída en  batalla, durante la conquista de la ciudad de Di-s y el lugar de Su Templo Sagrado.

 

Cuando esta carta llegue a tus manos, yo ya no estaré entre los vivos. En

estos  momentos finales de mi vida, me sentí obligado a expresar mis

pensamientos.

Tengo veinte años. Debo abandonar mis sueños de construir una familia;

y las imágenes de mi vida, desde que nací hasta este momento, corren

delante de mis ojos…

En estos breves momentos, el alma ve lo que un hombre no puede ver en

toda una vida llena de experiencias.

Me encuentro en una ubicación que me deja vislumbrar el sitio del Templo,

oigo las balas silbar por encima de mi cabeza; las explosiones de mortero

caen por todas partes alrededor mío, y veo como la sangre corre  a través

del piso de piedra. Mi dedo, fuertemente sujetando el gatillo de mi rifle, se

esta debilitando. Decido soltar el rifle por unos minutos, y en su lugar tomo

un bolígrafo para escribir estas últimas palabras en un pedazo de papel

manchado con sangre.

A mi derecha y a mi izquierda yacen los cuerpos sin vida de mis

compañeros soldados. Ahora sus almas están haciendo su viaje celestial,

retornando  al Trono de Gloria, de donde ellos fueron creados. Asimismo,

en unos pocos minutos, mi alma también será liberada de los límites de mi

cuerpo, y ascenderé para unirme a las almas de mis compañeros, como

una ofrenda de ascenso en el altar celestial.

Diviso el Monte del Templo con toda su grandeza. En el centro de su gran

plaza, veo la Cúpula de Oro, y por encima de esta,  veo ondeando en la

brisa la bandera del renaciente Estado de Israel.

Una bandera - "un Talit hecho enteramente de Tejelet," con el cielo de

fondo, y  la piedra azul resplandeciente del Trono de Gloria celestial.

El corazón se me llena de orgullo y sublime satisfacción: ¡Yo no he muerto

en vano! He dado mi vida por el regreso de mi pueblo a Sión y al lugar del

Templo Sagrado.

Los judíos de dos mil años de exilio, mis hermanos, los hijos y las hijas de

mi pueblo, fueron asesinados y quemados vivos, y sus cuerpos reducidos a

meras cenizas que emergían de las chimeneas de los campamentos de

exterminio, ennegreciendo los cielos. En sus muertes ellos santificaron el

nombre de Di-s, aún en su certeza que el pueblo de Israel estaba siendo

borrado de la faz de la tierra, y que uno podría ser el último de los hijos de

Jacob.

¡Cómo me llena de alegría – cuán afortunado es mi destino! – Que me ha

sido otorgada la oportunidad de entregarle mi alma a los ángeles

celestiales, que me esperan con brazos extendidos, mientras mis ojos

siguen viendo el coraje de mi pueblo, el ascenso de Israel y el regreso a

una Jerusalem reconstruida!

¡No, yo no soy el último de los últimos, sino que el primero de los primeros!

El primero en  surgir de la oscuridad del exilio, al brillo resplandeciente que

ahora emerge de los patios del Templo – la casa de Di-s.

El rugido de los cañones comienza a atenuarse. Un momento de

tranquilidad: Veo en el lugar de la Cúpula Dorada, emergiendo de la tierra,

un edificio magnífico, indestructible y glorioso, reflejando en sus superficies

de oro los rayos dorados del sol. Mis ojos divisan miles y miles de personas

que corren a través de las montañas y los valles, provenientes de todas

direcciones.

Todos juntos, esta gran congregación humana, se derraman a través de

las puertas del Templo y sus patios.

Realmente, todo mi ser se inunda de sublime alegría – he dado mi vida,

pero al hacerlo, el pueblo de Israel ha recibido de mí un regalo; el

cumplimiento del sueño mas ansiado por generaciones. Soy como Moisés,

a quien le fue dicho, "Mira, ante ti está la tierra, pero allí tú no pisaras".

Pero  Moisés, que la divisa desde una gran distancia, la anhela;

"esta montaña buena, este Levanon," - este Templo Sagrado, pero se

queda muy lejos, en el lugar donde finalmente su cuerpo descansará.

¿Pero yo? ¡Me encuentro tan cerca! ¡El Templo Sagrado está casi a mi

alcance! Y tengo el gran mérito de visualizar mentalmente el Templo

Sagrado reedificado delante de mí - justo a unos pocos pasos de donde

me encuentro tendido.

Mi alma se despide de mí. Y cuando lo hace, con ella parten dos mil

años de amargo exilio. Y ahora se despliega una nueva era en la tierra:

la de reconstruir el Tercer Templo junto con los días del Mesías.

Todo a mi alrededor se convierte en un gran silencio, y de repente escucho

el suave arrullo de una paloma…Se trata de la Shejinah, que me dice:

"Mi hijo! ¡Mi joven paloma! Has regresado al nido".

Escucho sonidos de angustia y a su vez de gran alegría: "Dos mil años te

he esperado, dos mil años de anhelo, y por fin – has regresado a tu origen".

La voz de la paloma se eleva: ¿"Pueblo de Israel, dónde estás?

Vuestra vida te ha sido otorgada como un regalo, como un botín de guerra.

¡Da un paso adelante sobre el sendero de tus guerreros - que dieron sus

almas! Permite que cada hombre levante una piedra en la mano, un

Shekel de plata, o un solo grano de oro. "Ve hasta la montaña, trae madera, y construye la casa;

y tomaré placer en ello, y Seré glorificado, dijo HaShem". (Jagai 1:8)

Hay personas que traen su parte para la construcción del Casa de Di-s

únicamente después de ser obligadas a ello, y sus ofrendas son ínfimas en comparación con aquellos que  han ofrecido

sus propias vidas, cada vida es un mundo entero! Estas almas se

consideran como ofrendas que ascienden desde el Altar del Tercer Templo.

¿En cuanto mi? Yo soy uno de los caídos. Escucho la llamada de la

paloma, y reúno fuerzas para preguntarle a mi pueblo, desde el más grande

al más pequeño: ¿Seguirán ustedes nuestros pasos?

la carta arriba es una carta  compuesta por el Rabino Israel Ariel,

 fundador y director del Instituto del Templo. El Rab Ariel fue un paracaidista

en la guerra de los Seis Días, y participó en la liberación del Monte del Templo